Francisco poyatos



Siempre me gustó dibujar. Lo hacía porque me conformaba con poco, solo tinta, papel… o a veces el cachito de suelo que hay debajo de la cama o los pupitres del cole. Retrataba a los personajes que aparecían en la tele, en los cómics y a los que compartían clase conmigo. Durante muchos años me jugué el tipo agazapándome tras la libreta mientras los profesores explicaban, aunque la mayoría sabía que la batalla estaba perdida.
Me tenía que hacer mayor y ser un hombre de provecho, así que, como otros muchos de mi edad, estudié una carrera, un máster, trabajé, me compré un coche, un teléfono... En esos años aprendí cosas muy útiles e interesantes, hasta que el diseño gráfico se convirtió en mi oficio.
Sin embargo, tengo un problema…
A veces aparece Son Goku y, sin venir a cuento, me lanza una onda vital y me salta un ojo, Obélix me estampa menhires en la espalda, Mortadelo me asusta disfrazado de murciélago o mi profesor me da con «Lengua y Literatura 3» en la cabeza en reuniones de trabajo.
La única forma de combatir estos ataques es dibujando de vez en cuando algún cómic, alguna caricatura o con la Terapia Gerundio de Talentura que me deja como nuevo.

Francisco Poyatos.
Contra el estrés, lápiz y papel